Escritos desempolvados II - Insomnioterapia


En esas horas donde el techo es una mancha gris oscuro y el pensamiento una espiral con bordes subidas dobleces y bajadas que se copian unas a otras hasta que es imposible saber cual es cuál, en esas horas es cuando llegan a tener sentido algunas de las cosas que la mente engulle porque no puede masticar. En esas horas es cuando las veo rebotar de una pared a la otra, de la cama al ropero y de ahí al suelo o a la puerta, tan rápidas como rayos y luego quedar suspendidas frente a mi cara, girando lentamente para que pueda apreciar todas sus caras. En estos casos, nunca enciendo la luz, porque todo se vuelve aburrido: eso es una pared, eso una mesa, eso son mis pies, aquello una lámpara... En lugar de eso, todo es un paisaje de agua, o un camino, o alguien que espera paciente y mudo para escuchar lo que tengo que decirle. Por eso, mi cábala es la oscuridad, deslizándome en sus dominios mi pensamiento se agudiza, descubro nuevas palabras, otras voces que hablan por mi y el oráculo se manifiesta, luego de un vaso de agua y un cigarro.
Voy y vengo en el tiempo, reviso situaciones y doy y me doy segundas oportunidades.

Como aquella vez que debería haber dicho no y dije y me fui a pasar la noche con él. Estuvo bien saber cuánto nos gustamos a primera vista, química zigzagueando entre las cabeza de la gente, vos en una punta y yo en la otra. Ningún ser podía ignorar semejante bombardeo sicotrónico y nosotros, pararrayos andantes, clavándonos las miradas descaradamente. Una hora más tarde, nos clavamos los dientes y todo lo que se pudiera clavar, a piel abierta. Muy hermoso todo, sin embargo, después de dormir tres horas abriste los ojos, las ventanas y te mandaste un porro. Me desperté drogado en una nube alucinógena: tu culo, tus manos, mi risa, mis brazos y la una de la tarde. Tendría que haber dicho no y dije , te di mi número al que nunca llamaste y me parece ridículo de tu parte porque te resultó imposible disimular que el que acababa de tener lugar, era el mejor revolcón de toda tu vida, perdoname que te lo diga pero es así y así es la gente como vos, tan previsiblemente adicta a las drogas, a los placeres maltrechos y al sexo de aprendiz. Eso fue lo que debería haberte dicho cuando te acercaste, porque de alguna forma yo ya lo sabía.

Como aquella vez que me regalaron el you can dance de Madonna para reyes. La foto de la carátula me pegó en la garganta, tan rojo ese fondo, tan blanca ella y las letras en manuscrito, todo me pareció tan moderno, tan moderno... Cool me pareció, pero en ese entonces yo era un pre adolescente sólo un poco genial y no manejaba esa terminología, así que me enchufé a la música. El primer lado, bien; en la mitad del segundo me aburrí como un gusano. Hice otro intento de acercamiento al día siguiente con el mismo resultado, así que pregunté si se podía cambiar por otro disco -de Madonna, naturalmente- y me dijeron que sí. Me trajeron el madonna dance mix, una reedición del you can dance, con remixes de los remixes y con la mitad de canciones por lado del disco. Me puse a llorar desconsoladamente pensando en las palabras de mi madre ahora sí que no se puede cambiar más así que espero que te guste. Decidí incursionar en el mundo del remix, muy en contra de mi gusto, pensando en que no volvería a cambiar un disco que me regalaran. Eso fue lo que debería haber hecho cuando abrí el regalo, pero a los diez años yo era muy caprichoso.

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