Esta es la historia de Abrahamcito, un niño que supo de la existencia de Papá Nöel a los cinco años de una forma, digamos, brusca.
Iba de paseo con su Mamita, atravesando la plaza/parque de la ciudad y vio a un señor gordo, rojo, grandote grandote, que no paraba de reírse. El niño levantó la vista sin entender mucho qué era lo que veía: altura desmesurada, larga barba sucia amarillenta, panza, cuernos y muchos bichos extraños corriéndole alrededor y sobre todo, esos ojos brillantes y amarillos que parecían estar implosionando en la sombra de las cuencas oculares del señor grandote grandote.
-Mamita, mamita, quién es ese señor? Por qué es rojo? Por qué mamita, por qué?
-Ay, no sé de qué me hablás, nene! Calláte! -le contestó la mamita, mandibuleando, bajo los latigazos mañaneros de quien toma Prozac como pastillas de eucaliptus.
De pronto, la Mamita se arqueó hacia adelante y se tapó la boca evitando así bañar en sus regurgitaciones a Abrahamcito y como éste era un niño muy bueno, lo dejó parado en la puerta del único baño químico que abastecía a toda la plaza. Desde lejos, aún podía ver al señor grandote grandote, diciéndoles y haciéndoles cosas a los otros niños que pasaban cerca de él. Incluso desde lejos, podía ver las luces amarillas que tenía acurrucadas bajo las cejas puntiagudas grises y erizadas. De pronto, una ráfaga de viento sacudió los rizos de las patillas de Abrahamcito. La kipá se le voló al carajo y allá salió el niño corriendo, riendo, tras su gorrita étnica que rodaba como enloquecida por la hierba. Se enganchó en una rama al pie de un árbol grande grande, ancho ancho y así pudo tomarla, besarla y voler a colocársela en la mollera.
Allí fue cuando vio que parado frente a él árbol había otra cosa además del árbol... Algo enorme y rojo lo observaba, algo tenebroso. Era el señor vestido de Papá Nöel.
-Jojojojo! -rió. -Qué vas a pedirme para esta noche, little Abraham? -dijo, con marcado acento anglosajón.
El pequeño pensó un momento.
-Quiero la paz en Oriente Medio.
-Eso es una estupidez! -rebuznó molesto el hombre rojo con abriendo más aquella mirada que definitivamente, crecía en brillo y pasaba del amarillo al casi anaranjado. -Pedime una bici, un yoyo, un Pequeño Pony, la Play... Yo qué sé... Algo más normal! -Se sonrió, mostrando los dientes amarronados y lentamente se agachó hasta alinear sus ahora rojas pupilas con las de un aterrorizado Abrahamcito. -No querés, por ejemplo, tener una vida feliz y sin complicaciones, eterna como la de Cher? Mujeres, hombres, todos los que quieras! Poder, fama, éxito y mucho dinero? Un yate? Un programa diario en un canal codificado?
-Mmmm....
-Y nene?? -gritó impaciente la mole roja carne que ahora despedía cosas de formas inverosímiles por las orejas y vapores fétidos por el aura. -No tengo todo el puto día, you know?? Es muy fácil: "Quiero tener..."
-...la paz en Oriente Medio.
Toda la gente en la plaza buscó con la mirada el origen del fenómeno. Un segundo de silencio absoluto y luego, muchos gritos y personas corriendo desesperadas en búsqueda de refugio o por lo menos, de escape. La bola de fuego y electricidad que salió del suelo hizo volar por los aires a cinco autos, desintegrándolos como si fueran de cristal, asó vivas a más de quince personas, tiró un tercio de los árboles del parque y desintegró completamente a un vagabundo borracho que intentaba penetrar a su propio perro, tras un contenedor d basura. Las radios locales, teléfonos móviles, walkies y todo lo que se comunicara por ondas, perdieron la señal durante quince minutos. El baño químico donde había entrado la Mamita de Abrahamcito resultó ileso. Ella escuchó la explosión y el griterío justo al terminar de vomitar. Abrió la puerta con los ojos inyectados de lágrimas y sangre e instintivamente buscó a su hijo que, como es de esperar, no se encontraba donde ella lo había dejado. En su lugar, levantó del suelo una de las infantiles y brillantes patillas, todavía pegada a un pedacito de cuero chamuscado. Tras varios intentos, pudo respirar hondo y largar el aire en un grito largo, fuera de si misma.
-Jojojojo! -se escuchó entre las alarmas de los autos. -Jojojojo! -repitió el eco, hasta desvanecerse en el aire saturado de polvo y silencio.
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Moraleja: Ante una catástrofe natural con ribetes filosófico-religiosos, procúrate un baño químico.
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