But i believe in peace, bitch!


Una sabia contemporánea habló del síndrome del cordón rojo: de despreciar a aquellos que forman parte de un círculo, una zona vip, un limitado cupo; de ese impulso a disminuir a los individuos agrupados y diferenciados por alguna específica razón que se encuentran dentro del círculo, fuera del alcance de los demás. Cuando ese desprecio es en realidad el barniz, el parche de la cara corroída e insignificante de la envidia, la autoestima agujereada, del quiero pero no puedo, del puedo pero no me atrevo, del atreverse y arruinarlo porque no se tiene actitud suficiente. Y sobre todo, porque se está fuera del círculo.

De envidiosos el mundo está lleno: hijos bastardos del fracaso y la cobardía, putos insignificantes que abocan sus vidas al dañino placer de vivir y nutrirse de esa sensación amarga, del vértigo y de la náusea que les provoca la risa del prójimo, que les retuerce las tripas y les hace vomitar. Verde, verde negruzco y sucio como los hongos en una fruta podrida. Como las moscas que dan meetings y mesas redondas y convenciones y disertaciones en la mierda fresca, encantadas de la vida, porque son moscas y no saben que hay otro mundo que no huele tan mal. Igual que estos insectos, los envidiosos duermen, viven, nacen, mueren y se reproducen en la mierda, pero no en la ajena -como las dignas moscas- sino en la propia, en la que cagan por la boca y por los ojos y por cada vía de interacción con el mundo externo y se ahogan en su propia cinta de moebius marrón y maloliente. Y se perpetúan, paren hijos envidiosos, sobrinos, nietos, generaciones de envidiosos, camadas perdidas, sin propósito, números y más números para sobrepoblar un planeta que pide a gritos una buena limpieza.

Nunca he sido modelo de tolerancia para nadie. Tampoco para mi mismo. Es una supuesta virtud que no tengo instalada en mi software. No creo en la tolerancia; creo en que el ser humano evolucionado sabe perfectamente dónde comienza y dónde termina y siempre se hará un lugar en el entorno donde le toque vivir, por lo que no necesita de la tolerancia de un ser externo para ser. O no ser. Creo, sin embargo, en la certeza de que soy exactamente como soy y que mi onda expansiva nunca debe siquiera acercarse al campo gravitatorio de un externo. Y creo también que eso es total responsabilidad de cada individuo. Así que por favor, no me vengan con valores tan mil novecientos noventa y cinco. Tolerancia... bah!

Muchas veces he escuchado decir que los envidiosos son unos pobres diablos, que es un tipo de gente de baja calidad, gente made in taiwan, que inspiran más lástima que otra cosa. Pues a mi, lo que me inspiran es molestia, asco. Me dan ganas de abrir las ventanas un lunes a media mañana, a la hora del almuerzo, y pedirle a tori que cante i don´t like mondays bien fuerte y acribillar a tiros a todo envidioso que pase, como en el tiro al blanco de las ferias...

Verde, que te quiero verde.

1 comentario:

El Hombre Sin Nombre dijo...

Lo único que se me ocurre es que cuando uno va con exceso de equipaje, conviene deshacerse del lastre. Es algo que me ha costado años aprender y me costará años ejecutar, pero que haré sin dudar, algún día...